Paralelo (Relato Lésbico)

Mi relación con Magda ha sido siempre una relación de trabajo, y he de reconocer que es una relación muy satisfactoria. Nos acercan algunos aspectos que favorecen la armonía, como por ejemplo, el hecho de ser casi de la misma edad, haber comenzado a trabajar en la misma época en la empresa y ser ambas solteras. Magda ha seguido en la institución, una carrera muy semejante a la mía, y ha ido ocupando los mismos cargos jerárquicos que yo, tan solo que en departamentos diferentes, yo en el departamento de personal y ella en el de ventas.

Sin embargo hemos conservado nuestros espacios personales en forma mas o menos celosa, de modo que ambas ignoramos intimidades de la otra y nunca hacemos preguntas al respecto. En ese sentido hemos sido mujeres atípicas. Es por lo anterior que lo que voy a narrar ha de apreciarse en el terreno de esas cosas que simplemente suceden e impactan en el momento, pero sin dejar huellas trascendentes en la vida de las personas. Uds. habrán de juzgar si en realidad es así. Por lo demás Magda me ha autorizado para contarlo.

Fue, hace mas de dos años que Magda me llamara una noche para preguntarme si yo estaba interesada en tener una mascota, en este caso, específicamente un perrito. Le habían regalado un hermoso par de cachorros y ella tenía interés especial en quedarse con la pequeña hembra pero no sabía que hacer con la pareja.

A mi, de verdad, no me gustan mucho los animales, pero considerando que tengo una casa grande con patio amplio, la idea de cuidar un pequeño perro, no me pareció tan descabellada y le dije que aceptaba. Al día siguiente apareció Magda por mi casa para hacerme entrega del animalito de pelaje negro radiante, que tímidamente se daba vueltas en la pequeña caja de madera en la que mi amiga lo traía. No le puse nombre alguno, de manera que simplemente nos referíamos a el , como mi perro, tu perro, el perro etc.

Desde ese día, el preguntar por el estado de cada uno de los cachorros se tornó casi habitual entre las dos y de ese modo ambas nos íbamos informando e intercambiando consejos y datos acerca de alimentación, fármacos, peluquerías, champús y veterinarios y de vez en cuando, al visitarnos, podíamos comprobar en la realidad concreta el desarrollo de nuestras respectivas mascotas.

Siendo así, no me llamó la atención cuando Magda me contó que a juzgar por el comportamiento de su hembra, había llegado a la conclusión que su perra estaba entrando en la época de celo y que habiendo consultado a nuestro veterinario este se lo había confirmado, aconsejándole que le buscara a su perra un macho del mismo pedigrí. Ella pensaba que lo ideal sería juntar a su mascota con la mía, que seguramente ya muy pronto, entraría en la misma época de celo ya que tenían prácticamente la misma edad.

Le dije que si, que la idea me parecía la forma natural de proceder y que podríamos juntar a la pareja ese fin de semana en mi casa, dado que allí había el espacio suficiente. Sin embargo, al aproximarse el momento en que todo debía concretarse, una pequeña inquietud parecía invadirme. Era la sensación de estar entrando en un campo demasiado alejado de lo que yo habitualmente hacía, era como tomar parte en una realidad de la que de todas formas había permanecido absolutamente ajena.

La misma sensación parecía invadir a Magda, de lo pude darme cuenta ese viernes en la noche cuando ella me llamó, para preguntarme con mucha seriedad, si yo tenía algún conocimiento al respecto y recuerdo que riendo le contesté, que no sabía nada pero que suponía que los dos participantes, su perra y el mío sabrían lo que tenían que hacer. Nos reímos de buena gana. Poco antes de las cuatro de la tarde de ese sábado en que Magda llevaría su perra hasta mi casa, me encaminé hacia el fondo de jardín, donde habitualmente jugaba mi perro. Lo observé con detenimiento, cosa que habitualmente no hacía. Me di cuenta que se había convertido en un hermoso ejemplar, quizás demasiado desarrollado para su edad. Al verme se abalanzó hacia mi, debiendo, como siempre, tomarlo de las manos para evitar que su entusiasmo hiciera estragos en mi ropa. Le acaricié la cabeza y pasé mi mano sobre su lomo sedoso y brillante, luego corrió con increíble energía por el prado para volver a mi lado. Entonces espere tranquila la llegada de Magda y de alguna manera, me sentía satisfecha que el protagonista a mi cargo pareciera estar en su mejor forma.

Cuando Magda descendió de su auto en el interior de mi cochera y vi a su pupila, me di cuenta que la hembra estaba perfectamente a la altura de su próximo compañero, pues lucía los efectos del esmerado cuidado que Magda la había prodigado durante los pasados dos años. La llevamos de inmediato al lugar, adecuadamente cercado, donde se encontraba el perro, dejamos que se reconocieran y los observamos un rato, hasta quedar convencidas que el encuentro había sido amistoso. En ese momento los dejamos solos para que pudieran consumar su unión y nos fuimos al interior de la casa para disfrutar un café que yo había preparado con esmero.

Estábamos extrañamente calladas, casi no sabíamos que hablar y nuestra habitual alegría parecía habernos abandonado. De vez en cuando hablábamos al mismo tiempo sin habernos puesto de acuerdo, lo que nos hacía estallar en carcajadas nerviosas y parecíamos estar atentas a cada ruido que viniera desde el jardín. La situación era en realidad tan tonta, que al poco rato le dije, que si estábamos pensando lo mismo, lo mejor era que fuésemos a ver y así lo hicimos. Si ya antes parecíamos estar alteradas, el cuadro que observamos simplemente nos conmovió.

Los dos hermosos ejemplares daban vuelta, como en un pequeño círculo, persiguiéndose lentamente el uno al otro, caminando en redondo con pasos muy lentos. El macho, con las narices dilatadas parecía oler intensamente entre las patas traseras de la hembra, mientras esta pasaba reiteradamente su lengua por el miembro largo, de buen grosor, que el macho lucía con un intenso color rosado y brillante. No obstante lo anterior, que de por si era ya impactante, lo que mas me impresionó fue la forma de moverse de ambos animales. No se movían con la agilidad habitual en ellos, sino que sus movimientos eran lentos y pesados como si ambos ejemplares percibieran que el peso de sus cuerpos hubiese aumentado ostensiblemente.

Me sentía rara y seguramente se me notaba, puesto que Magda me miró con extrañeza, pues mi rostro debería reflejar lo que yo estaba viendo en el suyo. Ojos brillantes y pupilas algo dilatadas, los músculos de la cara algo tensos, los labios ligeramente separados y la vista fija en los animales sin poder apartarla de ellos. Mi análisis de lo que nos sucedía en ese momento no se prestaba a equívoco alguno. Las dos estábamos intensamente excitadas y yo podría agregar que lo estábamos desde hacía horas. La extraña danza de los perros era silenciosa, con el mismo silencio con que los observábamos. Sin embargo, tanto Magda como yo, espontáneamente miramos en nuestro entorno, como si temiéramos que alguien nos estuviese observando. Temor absolutamente humano, pero injustificado, porque nadie estaba en la casa y mi jardín no tiene vista desde ninguna de las casas vecinas. Se lo dije a Magda, que sin responderme, se acercó con cuidado, hasta quedar apenas a unos dos metros de la pareja animal. Yo la seguí situándome detrás de ella, observando por sobre sus hombros, pues Magda es de menor estatura que yo.

En un momento los animales parecieron detener esa especie de baile erótico lento y la hembra se adelantó unos pasos alejándose del macho mientras este parecía buscar su aroma en el aire. La hembra entonces se detuvo y separando sus patas traseras pareció levantar sus ancas lo que permitía exponer su sexo brillante por los jugos que surgían de entre los poderoso labios verticales de intenso color rojo. El macho parecía no verlo, porque estaba con su cabeza mas bien inclinada hacia el suelo, pero se acercó a la hembra con las fauces dilatadas y cuando estuvo cerca de ella alzo las patas delanteras abrazando con ellas el lomo de su pareja. En ese momento pudimos ver en todo sus detalles la magnitud de su miembro, rematado en su base por un bulbo impresionante. El miembro se agitaba rítmicamente como incapaz de contener toda la fuerza que lo impulsaba hacia la hembra que inmóvil, parada sobre el césped, esperaba la inevitable aproximación de ese puñal que habría de partirla.

El momento era de una tensión erótica máxima. Yo nunca había percibido algo así. Era tan diferente a lo que podría haber experimentado en el encuentro con un hombre, que había realizado algunas veces y observado otras tantas en el cine. A medida que los segundos avanzaban, me daba cuenta que la diferencia estaba en la simplicidad de la comunicación entre la hembra y el macho, así tan liberada de cosas suplementarias, sin palabras, sin sonidos, sin gestos, sin promesas, sin temores y me di cuenta que estaba en la presencia del puro sexo y que su fuerza era tan poderosa que me estaba dejando invadir por ella a tal punto que mi propio sexo estaba latiendo locamente sin poder controlarlo y estaba allí, clavada en el suelo, dejándome invadir por un deseo desesperado, pero terriblemente real,. Estaba presa de los símbolos que me llegaban desde los animales y no podía dejar de responder a ellos.

Entonces, con una certeza que seguramente venía desde los orígenes de su especie, el macho embistió con violencia y su miembro portentoso desapareció en un segundo a través de la abertura palpitante y parecieron un solo animal. Ahora el macho empujaba como para fundirse al trasero de la hembra, con un movimiento que yo lo apreciaba de una voluptuosidad embriagadora y me di cuenta que era el mismo movimiento que con mi sexo vibrante estaba ejerciendo sobre el trasero de Magda, que inmóvil ante mí parecía aceptar sin poder evitarlo.

Ahora estábamos embriagadas de voluptuosidad, no solo seguíamos el ritmo de los perros, sino también sus vaivenes, tratando de interpretar su presiones, su arremetidas y sus retiradas, queriendo hacernos partícipes de todo los sucesos. Dentro de este contexto mis manos fueron subiendo la falda de Magda mas allá de sus caderas y luego deslice sus bragas para desnudar sus nalgas hermosamente construidas. Sin dejar de rozarme con ella, deslicé también las mías y ahora estaba con si sexo completamente mojado recorriendo sus hemisferios suaves e impregnándolos de mis líquidos, tarea que ella me facilitaba reproduciendo los movimientos de la perra en el paroxismo del encuentro sexual con el macho esperado.

Era una operación deliciosa, de un placer que venía en olas sucesivas al compás de los movimientos de los animales que operando como modelos, hicieron que yo tomara a Magda por sus tetas para atraerla hacia mí con mayor fuerza y arremeter sobre su trasero deliciosamente inundado por todas mis humedades que le brindaba gustosa. Estábamos posesionadas de tal manera por la situación común, que cuando los perros detuvieron su movimiento excitante y permanecieron quietos, yo sentí que mi sexo explotaba sobre las nalgas de Magda, cuyas manos apretaban su sexo para tratar inútilmente de retener el orgasmo diabólico que nos invadía haciéndonos gemir de placer.

Desde el placer supremo vino el reposo. La calma y la cordura lentamente retornaron y nosotras en silencio, pero tomadas de la mano, como buenas cómplices de un momento irrepetible, volvimos a la serena placidez del café que nos esperaba.

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