Mi adorable Yolanda (Relato Lésbico)

Salí del vestíbulo del hotel con paso veloz y entré en el taxi que esperaba a cualquier persona que lo ocupara. Apenas disponía de veinte minutos escasos para llegar a la estación y coger el tren. Con un poco de suerte no encontraría tráfico a esas horas. Llegaría con cinco minutos de margen por lo que mi intranquilidad era notoria.

El maduro taxista que me tocó en suerte se percató de la situación y me preguntó si tenía prisa. Asentí con la cabeza y le expuse la situación con lo cual no hubo más que hablar. Pisó a fondo el acelerador cruzando la ciudad a gran velocidad. Veía pasar las fachadas de los edificios como una exhalación. Nos saltamos varios semáforos en rojo dejando atrás el claxon de algún enojado conductor.

Al fin pude distinguir aquella desvencijada, vetusta y centenaria estación. Tal como había calculado faltaban cinco minutos para que aquel tren partiese.

Pagué al taxista sin prácticamente mirarle diciéndole que se quedara con el cambio. Con dificultad pude escuchar su agradecimiento por la exagerada propina que acababa de recibir. Cogí la mochila y me adentré en la estación en busca del letrero de las salidas para conocer el andén en el que mi tren esperaba su partida. Era el andén número cinco y hacia allí me dirigí con premura. En mi apresurado caminar los allí presentes se me quedaron mirando desde el mismo momento en que franqueé la entrada con aquel ruidoso taconeo.

Aquella tarde había escogido como atuendo una blusa estampada junto a un pantalón negro de vestir y encima de todo ello un cazadora negra de piel. Llegué jadeante, subí al vagón que me había correspondido y fui buscando a un lado y a otro mi tan deseado asiento. Por fin mi búsqueda se vio recompensada y tras deshacerme de la cazadora caí derrotada en la butaca descansando al fin.

El tren de las 8.30 se puso en marcha finalmente. Poco a poco fue abandonando aquella vieja estación de cualquier capital de provincias. La panorámica desde el interior del vagón era totalmente distinta, mirando al exterior a través del vaho de la ventanilla.

La tarde iba agonizando lentamente, los últimos rayos solares iban desapareciendo dejando a un lado la claridad del día para dar paso a la oscuridad de la noche. El cielo se iba cubriendo de un tono anaranjado dejando aquella solitaria ciudad entre tinieblas.

A lo largo de aquel angosto andén todavía se podían divisar a los últimos individuos que aún se resistían a ausentarse de aquella vieja estación; la mayoría de ellos mostraban un rictus de tristeza manifestando su evidente aflicción ante la partida de sus seres más queridos, seres con los que, acaso, pasaran años antes de volver a reencontrarse con ellos.

Diversas sensaciones combatían en mi aturdido ánimo, de un lado melancolía y apatía, del otro soledad y abatimiento. Nadie había venido a despedirme, ningún amigo, ni siquiera algún conocido, tan solo me despedía de mis evocaciones, de mis recuerdos. Buscaba iniciar una nueva vida, un nuevo destino desconocido, lo cual evidentemente no iba a resultar nada sencillo. Muchas historias quedaban atrás, muchas alegrías, muchos sinsabores…. El primer paso ya estaba dado: me costaba admitir el hecho de haber tomado semejante decisión, haber tenido el suficiente coraje y arrojo como para adoptar una determinación de tal calibre.

Mi corazón iba incrementando su agitado ritmo al tiempo que notaba el aumento de la velocidad del ferrocarril. Un gesto de fastidio acudió a mi reposado semblante, se me había quedado la garganta reseca y me costaba tragar. Me sentía un tanto molesta, sin saber la razón exacta que lo motivaba. Estaba segura de iniciar una nueva andadura plena de esperanzas e ilusiones renovadas. Sin embargo, algo por dentro me hacía sentir incómoda, insegura ante mis próximos movimientos.

Extraje del bolso la tabaquera haciéndome con un cigarrillo rubio entre mis alargados dedos el cual encendí con prontitud tratando de dominar mi incipiente desasosiego. Dí una fuerte bocanada aspirando con fuerza el humo del tabaco y experimenté un gran placer al sentir colmada mi necesidad de nicotina. De ese modo lograba apaciguar mi inquietud y a su vez contenía mi terrible desazón. Algo más tranquila me dispuse a colocar el mínimo equipaje que llevaba en aquella pequeña mochila: unas pocas ropas, algunas fotos de mi querida y adorada Yolanda y tres paquetes de cigarrillos americanos eran mis únicas pertenencias. Me encogí hecha un ovillo en aquella fastidiosa butaca que me había tocado como compañera de viaje y gracias al traqueteo del vagón acabé conciliando el sueño, finalmente el agotamiento acabó de embarcarme entre los brazos de Morfeo.

El sueño me trasladó hacia lugares muy placenteros, fue un sueño de gran carga erótica, me imaginé rodeada por los brazos de mi venerada Yolanda, mi deliciosa y estimada última amante. Y, del mismo modo que si el tiempo no hubiese transcurrido, me encontré haciendo el amor con ella. Yolanda se aproximaba a mí a través del largo pasillo, sin mirar a un lado ni al otro. El resto de viajeros no existían en esos momentos, solamente nosotras dos. Llevaba su amplia cabellera rubia suelta por encima de los hombros y un largo vestido gris de satén que resaltaba su agradable figura. Sus redondeados pechos se remarcaban a través de la tela del vestido. Mi calenturienta imaginación volaba por senderos repletos de lujuria. Una amplia raja en el lateral del vestido mostraba su sugestivo muslo.

Sin dar muestra del menor atisbo de prisa por su parte se acomodó junto a mí, clavando sus preciosos ojos grises sobre los míos, mirándome de un modo completamente sensual con el cual me invitaba a disfrutar junto a ella de un mundo repleto de locuras. Me sentía enteramente desnuda envuelta por su ardiente mirada la cual recorría cada centímetro de mi anatomía. En esos momentos y de forma delicada levantó una de sus níveas manos acercándola a mis candentes labios los cuales aprisionaron dos de sus dedos humedeciéndolos con gran frenesí. Un suave cosquilleo invadió la totalidad de mi cuerpo, el vello se me erizó, mil sensaciones exquisitas se adueñaron de mi persona. Me entregué a ella sin ningún género de cortapisas, no podía ni quería librarme de su presencia seductora. Adopté una postura absolutamente pasiva, en aquellos momentos Yolanda era la dueña de mis pasiones, de mis más oscuros caprichos y apetitos. Tan solo aguardaba que se uniera a mí, suspiraba por sus suaves y cariñosas caricias sobre mi cuello, sobre mis senos…. Me mostraba temerosa y asustada pero al propio tiempo ávida y ansiosa por que me hiciera suya.

El semblante de mi amada evidenciaba su paulatina excitación. Yo me mantenía inmóvil, empequeñecida ante ella. Esperaba sus primeros roces, el contacto de su piel con la mía. Súbitamente introdujo de modo autoritario una de sus piernas entre las mías rozándose contra mí de forma violenta y un tanto grosera que me hizo estremecer. En unos segundos y sin saber aún cómo, me encontré desnuda de la parte de arriba, Yolanda me despojó de la blusa sin percatarme de ello.

Se mostró un tanto aturdida ante el espectáculo que le brindaba y acercó sus inquietantes labios a mi cuello haciéndome sentir su agitado aliento. Empezó a besarme el cuello y a regalarme pequeños mordiscos en la oreja, me susurró traviesas palabras al oído invitándome a seguirla a través de los más conmovedores caminos en busca del placer de Lesbos. Lamió mi exaltado cuello rozándolo apenas con los labios.

Simplemente pude emitir un exiguo lamento. Su actitud se hizo más vehemente al unir sus labios a los míos. Nos besamos con pasión contenida. Acogí su revoltosa lengua con la mía enzarzándolas en un beso interminable. Noté como aquel conocido deseo se apoderaba de mí. Toda yo le pertenecía por completo. Ya no era dueña de mi destino sino que el mismo era patrimonio de mi amada. Me estremecí de gusto alcanzando mi primer orgasmo tan solo sintiendo el contacto apenas imperceptible de sus labios junto a los míos. Me sentía tan entusiasmada al entregarme a ella.

Al tiempo que yo me dedicaba a masajear sus senos por encima de la tela del vestido ella fue bajando, a su vez, hacia mis pechos los cuales besó con suavidad mientras iba rodeando con su lengua mis pezones que estaban a punto de reventar. Sentí un gran placer y me puse muy cachonda gozando con aquellas tiernas y satisfactorias caricias. Mis caderas describían movimientos convulsos de un modo sosegado pero consistente. Mis opulentos muslos acogían con descaro su voluptuosa pierna tratando de que no escapase de su dominio. Me encontraba a punto de volver a alcanzar el éxtasis cuando fue descendiendo más y más, me desabrochó el botón del pantalón y ayudándose de sus dientes bajó con extrema lentitud la desagradable cremallera recreándose en el sufrimiento que revelaba mi rostro. Me deshizo del pantalón y comenzó a besarme el sexo por encima del tanga mientras sus manos iban acariciando mi apetecible trasero.

—–“Por favor cielo, no me hagas sufrir más. Te deseo, te deseo tanto mi amor. Hazme tuya, por favor.

Con infinita paciencia me apartó la tela del pantalón hacia abajo sin dar síntomas de preocupación. No demostraba ni un ápice de impaciencia por hacerme suya, se regocijaba con la angustia que me hacía sentir. Sabía positivamente que retardando el momento culminante el deseo de ambas sería aún más intenso. Con premiosa y extrema tranquilidad insertó su tórrida mano bajo la tela de mis empapadas braguitas. Temí perder el sentido por unos breves segundos, la razón me abandonó. Empecé a vibrar gracias al excitante contacto de sus dedos entre mis labios vaginales. Mi entrepierna se humedeció aún más si cabe recibiendo las caricias de Yolanda.

Al fin adopté una actitud más beligerante arrancándole con fuerza su bonito vestido, dejando al aire sus sensacionales senos. Eran unos senos realmente exquisitos y deliciosos. De un tamaño considerable, ciertamente tersos y rotundos. Notaba cómo su respiración se iba haciendo más y más intranquila. Sus lindos pezones se mostraban desafiantes, deseosos de una boca que les diese cobijo. Los hice míos, lamiéndolos con infinita dulzura con la punta de mi diabólica lengua. Los pezones se erizaron al instante buscando agradecidos la tortura que les causaba. Yolanda se dejó vencer apoyando la cabeza sobre mi hombro. La tenía completamente entregada a mis más apasionadas atenciones. Aproveché su sometimiento para chupar mis dedos y llevarlos hacia su ano el cual masajeé con gran deleite. Aquello le gustó evidentemente pues empezó a comerme mis senos con avidez.

Me situé sobre ella formando ambas un 69, no dejé de acariciar su oscuro esfínter. Su lengua sabía donde podía resultar más placentera, manipulaba mi clítoris a su capricho, hacía las delicias de mi sexo y sin pensarlo ni un segundo metí dos de mis dedos en su estrecho culito recibiendo de ella un tratamiento más intenso en mi coño. Nos habíamos convertido en dos perras en celo. Yolanda tampoco se lo pensó y penetró mi anillo anal dándome un placer inigualable. Yo me retorcía entre sus dedos mientras gozaba de su lengua en mi coño, no tardé en inundar su boquita con mis fluidos vaginales.

—–“Así me gusta, dame todos tus jugos, –me dijo con indudable cara de satisfacción.

Me deshice del pantalón con evidentes muestras de ansiedad. Precisaba del contacto con su sexo, de su cuerpo contra el mío. Sentirme reconfortada entre sus brazos….

Yolanda se desprendió por completo de su sensual vestido mostrando orgullosa la totalidad de su cuerpo desnudo, un cuerpo realmente de diosa que me tenía fascinada. La reducida luz de la estancia recaía sobre su piel dándole una tenue palidez a la misma.

Fuertemente cogida por sus brazos me obligó a tumbarme boca arriba en el gélido suelo del vagón y con sus delicadas manos me forzó a ofrecerle mi entrepierna. Se dedicó con exquisita presteza a lamer mi sexo prácticamente sin hacermelo sentir. Condujo su húmeda lengua a la entrada de mi vagina, pasando y repasando por las inmediaciones de mi inflamada y sedienta vulva. Se entretuvo lamiendo mi excitado clítoris teniéndome sujeta al propio tiempo por mis irritados senos como si tratara de no dejarme escapar. Chillé de placer gracias al tratamiento que aquella muchacha le daba a mi empapado coñito. Me entregué a aquella caricia enloquecedora. No quería que aquello acabara nunca. Era un placer desconocido, completamente delicioso como jamás habia sentido con ninguna otra de mis anteriores amantes. Sujeté con fuerza su sedoso cabello entre mis dedos ahogándola contra mi excitado sexo. Me encontraba nuevamente a punto de ofrecerle mis jugos, a punto de reventar. Yolanda me miró a los ojos provocándome con su mirada e introdujo su experta y avezada lengua en el interior de mi conducto vaginal arrebatándome un terrible aullido de satisfacción. Me corrí sin remedio entre sus experimentados labios los cuales acogieron con manifiesto deleite la totalidad de mis jugos vaginales. En esos momentos era completamente suya, le ofrecí mis mejores espasmos. Me retorcí como una loca, enteramente entregada a mi querida Yolanda.

Yolanda me destrozó la blusa que todavía ocultaba mis más íntimos encantos rompiendo los botones los cuales fueron a caer al suelo. La estrujé contra mí sin dejar que se escabullera de entre mis brazos. Rodamos sobre el frío suelo luchando como fieras logrando quedar sobre ella teniéndola totalmente sometida a mis designios. Me apoderé de su cuello iniciando el tortuoso pero placentero camino hacia su vientre. Me hice con cada poro de su joven cuerpo el cual palpitaba gozando sin descanso. Ambas jadeábamos entregadas al placer sexual de nuestros cuerpos.

—–“Yolanda te deseo, te deseo como nunca he deseado a nadie en la vida, –musité débilmente sobre su oído.

Nuestros respectivos cuerpos se convulsionaban como si un seísmo los recorriese por dentro. Nuestros cuerpos sudorosos por el combate mantenido hacía apenas unos minutos trataban de relajarse en busca de un nuevo orgasmo más salvaje si cabe que los anteriores.

Cada centímetro del cuerpo de Yolanda demandaba mis atenciones. Así pues me sumergí en el humedal en que se había convertido su frondosa vagina. Sin prisa pero sin pausa la penetré con dos de mis dedos arrancando de su boca un profundo suspiro. Al tiempo recreaba mis sentidos jugueteando con sus muslos dándoles pequeños mordiscos. El interior de su vagina se encogía tímidamente reclamando mayores cuidados por mi parte. Yolanda se contraía en sí misma agitándose de un modo convulso. Sollozaba cada vez de una forma más y más escandalosa. Aullaba sin descanso, entregada al placer con el que le obsequiaba. El deseo iba sobreviniendo entre sus piernas. De repente quedó estática e inerte explotando entre auténticos alaridos quedando totalmente agotada gracias a un orgasmo inacabable.

El tren interrumpió repentinamente su marcha obligándome a abandonar mi estado somnoliento.

—–“Maldita sea, -exclamé lanzando una fuerte imprecación. Tan solo había sido una ilusión, una fantasía?, Tan solo eso?, Solamente un tormentoso pero maravilloso delirio?.
—–“Señores viajeros fin de trayecto, -anunciaron por megafonía.

Había llegado a mi destino. Me desperecé con el cuerpo dolorido por la incómoda posición viendo como el resto de viajeros iban recogiendo sus maletas y bolsas y desalojando aquel cálido vagón. Cerré los ojos tratando de no dar crédito a la cruda realidad e imaginé que me encontraba en mitad de mi sueño acompañada por mi querida Yolanda. Sin embargo se trataba tan solo de una quimera, una maravillosa y dulce quimera producto de mi imaginación.

Corrí la cortinilla y los primeros rayos del sol me obligaron a entrecerrar mis doloridos ojos.

Mi dulce Yolanda jamás volvería, una solitaria y fría curva de cualquier carretera comarcal se la llevó para siempre. Sin embargo siempre perviviría en mí su agradable aroma, sus excitantes caricias sobre mi abandonada silueta, su amplia y sincera sonrisa que tanto me cautivaba.

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