Lo has hecho con alguna chica? (Relato Lésbico)

Debo decir que los sigo prefiriendo a ellos, pero sería hipócrita asegurar que no me gustó lo que pasó aquella noche, aunque me haya costado mi reputación.

Ocurrió mientras estudiaba mi carrera. Habían pasado los exámenes parciales y era el momento de liberar tensiones. Las chicas del departamento y unas vecinas organizamos una pijamada. Música, chistes, juegos, botanas y una que otra copita amenizaron la reunión.

Durante el jolgorio conocí a Brenda, una chica de Chihuahua que había viajado para visitar a su hermana, una vecina de nosotras. Se trataba de una joven absolutamente normal, tres o cuatro años mayor que yo, cuyo cuerpo bien podría decirse que quisiéramos tener la mayoría de las ahí presentes. En lo particular, nunca me ha costado trabajo reconocer la belleza física de las chicas, y no por eso me considero “rara”. Esa vez no fue la excepción. En varias oportunidades Brenda me sorprendió observando la envidiable silueta de su cuerpo tras su delgado camisón, mostrándome una sonrisa que parecía libre de toda malicia. Igualmente le sonreía confiada en que aquellos cruces de miradas no se envolvían en nada más que la casualidad.

Quiso el destino que en un juego de prendas nos tocara ser las primeras en ser eliminadas, así que nos separamos del grupo y nos pusimos a platicar. Su forma de ser me resultó aún más cautivadora que su aspecto. Platicaba de sus andanzas amorosas con una amenidad tal, que no me importó en lo más mínimo renunciar al ambiente de la reunión con tal de escucharle. Oí de las aventuras con sus novios, de cómo se inició en el sexo, de la vez que lo hizo con su profesor con tal de pasar la materia, en fin, de las cosas más locas que había vivido.

—–“Lo has hecho con una chica?, preguntó como si su cuestionamiento no tuviera la menor connotación de escándalo. Tras unos instantes, una vez recobrada del impacto de la pregunta, le contesté negativamente, supongo que con mi rostro aún enmarcado por la sorpresa.
—–“Vaya!, se nota que eres liberal, pero no libre, me contestó en tono magistral, como el del psicólogo que analiza a su paciente. Me tomó de la mano y me condujo al interior de mi recámara. En el trayecto, las miradas de varias de mis compañeras se cruzaron con la mía, con un evidente dejo de interrogación. Por mi parte tampoco estaba segura de lo que pretendía mi nueva amiga. Quizá sólo estaba jugando y yo debía seguirle el juego. Así lo hice.

Una vez que llegamos a mi cuarto, sin cerrar la puerta, me sentó en la cama de mi compañera de cuarto y empezó a besarme en los oídos y a recorrer mi cuerpo con sus manos. Había llegado al límite de mi paciencia. Era el momento de ponerle un “hasta aquí”. Su cautivadora personalidad no le daba derecho a usarme para sus “aberrantes” intenciones. Debía pararle el alto. Debía, pero no pude…

Aquellas hábiles manos fueron capaces de aprisionar mi alma en un instante. Sabían dónde y cómo tocarme, mejor que ninguna de las varoniles manos que habían pasado por mi cuerpo a lo largo de mi vida. Recorrían mis zonas de gozo con tal acierto que parecían conducidas por mi mente. No pude más. Me entregué agradecida al placentero momento, respondiendo sus manoseos con caricias, sus besos con los míos, sus gemidos con mis súplicas de placer.

Retiró mi camisón para descubrir mis senos y recorrerlos con su experta lengua, que tan eficaz como húmeda, brincoteó juguetona entre mis riscos y sus cúpulas, alimentándose a través de ellos con vasto placer. Mientras, sus manos se deslizaron bajo mi fiel prenda, a menudo la última en abandonarme, para encontrar con destreza mis aberturas inferiores, que, anhelantes y lujuriosas, recibieron con alborozo la visita de aquellos hábiles dedos, eróticos gnomos que se desplazaron bulliciosos entrando y saliendo por aquellas puertas que se abrieron de par en par para recibir gustosas el arribo del máximo placer. Gemí como nunca. No pude evitarlo. Afuera de mi cuarto todo era escándalo.

Las otras chicas habían seguido paso a paso el desarrollo de aquella “impudicia” y la reprobaron abiertamente. Sumida en el deleite de la entrega, observé de reojo los rostros “consternados” y condenatorios de mis compañeras. “Quién iba a decir que Mónica y Brenda eran unas tortis”, “cómo era que Claudia, la compañera de cuarto de Mónica, podía vivir con ella”, “porqué tenían que echarnos a perder la velada de esa manera”,… Esa noche oí de todo. Si digo que no me importó sería mentir. Me atormentaba la idea de saber que mi reputación se estaba haciendo añicos, pero aquella bonita experiencia lo valía. Puse oídos sordos al mojigato escándalo exterior y me concentré en los agradables momentos que mi nueva amiga me estaba regalando.

Tratando de poner en práctica sus enseñanzas, procuré ofrecer a Brenda un trato similar al que ella me había dado. Tras desnudarla por completo, recorrí su cuerpo con mi lengua mientras mis dedos la penetraban de la misma manera como eventualmente lo hacían conmigo misma. La hice llegar y eso me colmó también de máximo placer.

Sea por “repugnancia” o solidaridad, alguna de las chicas cerró la puerta de mi cuarto. Creo que ni a Brenda ni a mí nos importó mucho. Envueltas en la cima del placer, nos fundimos en un apasionado 69, bebiendo nuestros jugos y regalándonos excelsos momentos de insuperable entrega. Alcancé mi segundo orgasmo y a los pocos minutos lo alcanzó ella.

Nos despedimos como si fuéramos amigas de la infancia que no se verán jamás. No pudimos evitar ambas la aparición de las lágrimas, mitad por saber que no nos volveríamos a ver y mitad por entender que nuestra puritana sociedad a veces castiga la búsqueda de la felicidad.

A partir de esa noche dormí sola por muchas semanas. Mi compañera de cuarto pidió asilo en otra recámara y sufrí la “ley del hielo” por mucho tiempo. Tuve que darme por bien servida con que no me echaran del departamento. Me parecieron injustas aquellas que consideraba mis amigas, pero las comprendí. Aprendí entonces que el estado de desarrollo de nuestro mojigato entorno social las obligó a comportarse como lo hicieron. Finalmente me “perdonaron” aunque supe que para ellas siempre estaría “marcada” porque alguna vez fui “rara”.

ENVIANOS TU RELATO LESBICO Y LO PUBLICAREMOS


Enviar relato

Puntúa este video

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.