Con mi suegra fue inevitable (Relato Lésbico)

 

Hacía tiempo, más de un año, que estaba saliendo con Ricky. Era un chico genial, comprensivo, cariñoso, detallista, risueño… Pero, en el ámbito sexual, era bastante aburrido. Antes de estar conmigo, siempre fardaba de a cuántas chicas se había tirado, ahora dudo bastante que eso sucediera.
No me dejaba innovar. Ni yo encima, ni a cuatro… mamadita de dos minutos, tocamiento de tetas, y penetración en misionero hasta que se corra. Creo firmemente que mis abuelos llegaron a tener mejor sexo que nosotros. Lo malo, es que era guapísimo, y que le quería. Solo con verle me mojaba; pero cuando me la metía, estaba más seca que el desierto. Era muy torpe, soso, y aburrido en la cama. Nunca me habría planteado la infidelidad, y menos con quien tuvo lugar.
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El primer contacto (Relato Lésbico)

 

Me miro al espejo. Tengo unas ojeras tan grandes que parecen cuencos y una resaca terrible. Yo no quería ir a la fiesta, pero no podía negarme. Si por mi hubiese sido me habría quedado en mi habitación tranquilamente, de relax. Siempre he preferido el plan sofá, manta y peli que las fiestas y borracheras, pero desde hace un par de meses tengo un plan mucho mejor… Ella. Recuerdo aquel primer contacto que tuvimos. Ya nos habíamos visto antes por el campus, pero por no saber no sabía ni su nombre. A pesar de eso, me aventuré a dejarme llevar por primera vez en mi vida. Cierro los ojos buscando volver a ese instante… Llego agotada después del examen. Tercero de ingeniería no es moco de pavo. Me tiro en la cama y me quedo mirando fijamente al viejo póster de los planetas que hay pegado al techo. De pronto alguien llama a la puerta.
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Alejandra en casa de Paula (Parte 2 de 2) (Relato Lésbico)

 

A: Ay! Sos una guacha Pau, por qué no me lo contaste antes?. ¡A lo mejor no esperábamos tanto para llegar a esto! ¡Dale, contame que estoy a mil!. Y me estiré más, las dos nos habíamos vuelto a acostar enfrentadas, teníamos las piernas tijereteadas, pero no llegaban a tocarse nuestras conchas, si se rozaban nuestras manos en el movimiento de entrar y salir de los dedos. Desde esa posición, con la cabeza apoyada en el brazo del sillón, podía ver como una sola continuidad: primero mis pezones, duros a más no poder, uno de ellos pellizcado por mi mano izquierda, después mi vientre que subía y bajaba al compás de los dedos de mi mano, más abajo mi mano derecha semi hundida en la concha, y después como en espejo, el dorso de la mano de Pau, brillante de sus flujos y de los míos con por lo menos tres dedos metidos, y su vientre también subiendo y bajando casi al unísono con el mío, y entre las dos hermosas, grandes y deseables tetas de Paula la boca de ella entreabierta y jadeante a punto de empezar el relato:
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