Tarde lluviosa (Relato Lésbico)

 

Tenía 16 años y acostumbraba ir a menudo a la casa de mi prima, dos años mayor, donde frecuentemente me invitaban a almorzar y pasaba largos ratos con ella, platicando de muchachos, viendo televisión, escuchando música o navegando por Internet. En las tardes, cuando llegaba hasta su casa, generalmente no había nadie más que ella y la empleada del servicio, ya que mis tíos estaban trabajando. En una oportunidad, se sentó frente a su computadora y comenzó a ver algunas páginas de sexo lésbico y a mostrármelas. Me quedé como hipnotizada viendo aquellas fotos de mujeres desnudas, haciendo el amor con otras mujeres. Desde ese momento, ya no me volvió a interesar la televisión y siempre que llegaba, le pedía a mi prima que vieramos esas páginas. Así me fui obsesionando más y más.
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Esta vez solo ella y yo (Relato Lésbico)

 

Ahí estaba ella, mi adorada rubiecita de pubis dorado, con sus nacarados muslos abiertos frente a mis ojos, mostrándome toda la belleza interior de aquel delicioso valle, asiento de los más exquisitos placeres, con su húmeda y perfumada cavernita, la misma que minutos antes acababa de saborear y disfrutar a mis anchas; la que aún destilaba, en grandes cantidades, sus ricas mieles que brotaban de entre sus abultados y enrojecidos labios vaginales, que como delgada corriente de manantial aun se deslizaban entre sus nalgas. Manantial que había roto toda su fuente para dejar impregnada mi cara con tan exquisitos jugos, y dejado en mi lengua ese delicioso sabor a hembra, tan propio de ella, el que me enloquecía desenfrenadamente.
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Nunca es tarde (Parte 2 de 2) (Relato Lésbico)

 

Tardamos segundos en llegar a la habitación. Ya Raquel había tomado el mando de las operaciones. Se la notaba muy a gusto con la situación. Yo tampoco puedo negar que la estaba disfrutando. Mis últimos prejuicios habían caído y en mi cabeza sólo cabía el pensamiento de disfrutar el momento.
-Estaba pensando que… tanto animarte a probar a que una chica te lo coma y todavía no lo has probado… me parece que todavía no te voy a enseñar mis juguetes. Tiéndete y disfruta. A mi no me quedaba otro remedio que obedecer. Hay que reconocer que Raquel era toda una maestra a al hora de preparar las situaciones.. -Levanta el culito, que te voy a poner una almohada debajo y relájate. -Estoy muy relajada,… sólo un poco impaciente. -Entonces, nos olvidaremos de prolegómenos.
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