La tijera con el conejo de Alicia (Relato Lésbico)

 

Ella me miraba con deseo, bajando la vista si la sorprendía con sus ojos clavados en mí. Alicia es muy vergonzosa, tendrá unos veintitrés años como yo, pensaba. Ella me gusta mucho y antes de acabar el curso la convencí de jugar a hacer “la tijera” las dos, como un juego travieso y erótico. Su grieta húmeda me enamoró. Alicia es una compañera de facultad, no somos del mismo grupo de amigas, solo nos sentimos atraídas y nos comemos con los ojos. Nuestras miradas se cruzaban en clase continuamente, como una atracción sin palabras, solo esa sensación de deseo intenso hacia alguien. Alicia es pelirroja, como yo. Yo suelo acariciarme, deseándome a mí misma, me encanta deslizar mis manos por mis muslos blancos y desnudos y retorcer mi sexo hasta casi hacerme daño; también juego con mis pechos.
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Rozarme con la chica del bus (Relato Lésbico)

 

Rozarme con la chica del bus fue despertar sensaciones lésbicas ocultas en ella, una joven mujer casada llamada Adela. Aún no ha acabado, o puede que sí. Muchas veces, por la mañana, me encuentro con ella en el bus que va al centro de la ciudad; nuestras miradas se han cruzado más de una vez. A ella, igual que a mí, le gusta lucir sus piernas, pero en lugar de llevar minifaldas, como visto yo, le gusta lucir vestidos cortitos y elegantes. Muchas veces sus muslos bronceados por el sol me han hecho sentirme incómoda en el bus al no poder dejar de mirarle las piernas, es preciosa, la expresión de su bello y sereno rostro parece que penetra mi mente. Ella coge el bus en alguna parada antes que yo, no sé en cual porque siempre me la encuentro al subir allí sentada en los asientos de atrás, situada junto al pasillo y luciendo la delicada, cuidada y bronceada piel de sus piernas.
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La chica del Súper y su novio (Relato Lésbico)

 

Es tan guapa y tan dispuesta al hablar que me pongo húmeda solo con verla. Me propuse seducirla, importándome poco que fuera heterosexual y que tuviera novio. Quería chupárselo y que ella me lo chupara a mí; aunque para conseguirlo tuviera que hacer feliz, un poquito, a su novio. Ella trabaja en un pequeño supermercado de barrio, donde a mí me gusta comprar el pan a diario y donde a veces compro otras cosas que me hacen falta en lugar de ir hasta el hipermercado. María José, “mi chica”, solo trabaja en el turno de mañanas, que es cuando yo voy a comprar. Ella descansa los fines de semana; María José es tan desenvuelta que sabe callar a una cola de cincuenta personas en cuanto se ponen revueltas y pasa los artículos por el lector con la velocidad del rayo.
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