Videos Lésbicos

Volver a sentir – (3 de 5) (Relato Lésbico)

SARA
Me vestí para ir a la oficina, mi parte racional me gritaba que no lo hiciera, que todo aquello podría ser muy peligroso, pero mis emociones me empujaban a descubrir qué era todo aquello que estaba sintiendo. Por otro lado, pensaba que no era ético dejar que lo personal dictara las directrices del trabajo, sobre todo si ello podía influir directamente en mis posibilidades futuras, así que me obligué a dejar todo aquello a un lado.

Eran cerca de las 9 de la mañana, caminaba con prisa pero al estar cerca de la oficina, no pude evitar que el corazón latiera a mil por minutos, así que tuve que entrar a una cafetería enfrente del local y pedir un café para calmar un poco los nervios. Me senté mirando por la ventana la entrada al local y sólo unos minutos más tarde vi como llegaba Elizabeth. Era my extraño que llegara a esa hora, por lo general, abría el local con Betty. Se habría quedado dormida?. No importaba, lo cierto era que estaba allí y al verla, por alguna extraña razón, mi corazón dio un brinco, pero no de susto, sino de emoción, lo cual, sin darme cuenta, dibujó una media sonrisa en mi rostro. Sin pensarlo un minutos más, me levanté y fui directo a la oficina. Al llegar, mis manos me sudaban más de lo normal, no sabía que esperar, pero igual respiré profundo y entré.
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Volver a sentir – (2 de 5) (Relato Lésbico)

Las primeras tres semanas, Sara trabajó tras bastidores, absorbiendo cada cosa que veía y hacía. Sabía en qué momento opinar, cuándo callar y cuando actuar. Se volvió como mi sombra, hasta el punto en que casi nos podíamos comunicar solo con mirarnos.

Para mí era desconcertante, trataba de no mirarla como otra cosa que no fuera mi pasante, pero me era imposible. Incluso en mis noches solitarias, ya era costumbre que estuviera en mis pensamientos. Anhelaba verla cada mañana, oírla hablar, oírla sonreír. Ver sus expresiones que tanto me gustaban, su manera de tocarse el cabello cuando pensaba, el torcer de su boca cuando algo no le salía bien o su ceño fruncido cuando sentía algún tipo de frustración.

Todas, una mezcla adictiva para mi, tanto que no pasó dos semanas antes de que hiciera que Betty le arreglara su escritorio en mi oficina. Sólo una persona había tenido ese privilegio, por lo que Betty se sintió un poco reticente al principio. Pero tuvo que admitir que la presencia de Sara me había cambiado drásticamente el humor, era como si hubiese recuperado las ganas de vivir.
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Volver a sentir – (1 de 5) (Relato Lésbico)

Suena mi despertador tan puntual como siempre, mi pesadez y mi mal humor por tener que levantarme, están allí martillando sin piedad. Me dirijo a la ducha sin pensarlo para dejar caer agua helada sobre mí, es la única manera que he encontrado en estos tres años para reactivar mi cuerpo.
Qué falta me hace, su ausencia en mi cama, en mi vida ha hecho que todo lo que me rodea pierda interés y sentido, todo lo que hago, lo hago por rutina. El no poder disfrutar de su rostro apacible cuando duerme, de su calor y de su manera tan sutil al despertarme ha hecho de los primeros minutos del día sean algo insufrible.
Me visto sin miramientos excesivos, no suelo usar mucho maquillaje así que en pocos minutos estoy fuera de la casa, con sólo mi bolso y un café acuestas. Aún tengo vivos los recuerdos de aquellos días en los que ir a la oficina contigo era mi mundo, en los que compartir las ideas y los retos de los nuevos proyectos era nuestro norte … pero ya no estás, y el encanto de todo aquello se desvaneció con tu partida. Ya no le consigo ciencia ni propósito a lo que hago, es como si una parte de mi también se hubiese ido junto a ti. Pero aquí estoy, otro día, de los muchos por venir, tratando de reencontrarme aferrándome a la idea de que algún día aprenderé a vivir sin ti.
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Daniela (Relato Lésbico)

Ese día me levantaba de nuevo entre sus brazos. Por qué no me saciaba nunca de esa mujer?, su cabello negro caía sobre su espalda, pegado a esa tela negra que se pintaba a su cuerpo, y yo necesitaba de su cuerpo pegado al mío,la deseaba tanto haciendo que la excitación manchara el tanga negro con una notable humedad, la delicada tela que se ceñía a mis caderas rozaba excitantemente mi pubis.

El vestido negro se ajustaba deliciosamente a su delicado cuerpo, remarcando un par de muslos firmes y un hermoso culo amenazando con salir de la tela, el cabello suelto aún se mantenía mojado, desprendiendo ese aroma a perfume y jabón de baño en el aire, inundaba mis sentidos y me acerque un poco más, no quería que notara mi presencia aun, la cocina se mantenía en total silencio y el blanco azulejo resaltaba los tacones de aguja que delineaban unas piernas envueltas en fina tela negra, Daniela era exquisita y mis pies descalzos rozaban el frio suelo mientras más me acercaba, tome sus caderas con mis manos y pegue mi cuerpo caliente solo cubierto con un tanga y sostén de media copa, bese su cuello chupando y saboreando la blanca piel sabor canela.
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Mi debut con una chica (Relato Lésbico)

Ya había cumplido los 19 y estaba estudiando magisterio, era invierno y se venían los parciales a mitad de año! Psicología nos tenía a mal traer, la materia era apasionante pero la profesora……nos volvía locas.
Así es que invité a Patricia, una compañera que conocí en el curso, muy buena onda con la que nos entendíamos bien para estudiar juntas. La idea era que juntarnos en casa para estudiar hasta cualquier hora y después dormir un rato antes de ir a rendir. Patricia, o Pato como le decíamos, era menudita, flaquita de tetitas chiquitas y culito redondito, hermoso. Muy dulce y muy buena mina, nos hicimos amigas enseguida, las dos teníamos novio y habíamos ido a bailar los cuatro un par de veces.

Eran como las tres de la mañana, mis viejos y mi hermanito menor dormían hace ya mucho rato cada uno en su habitación, con Pato no dábamos más, estábamos desde las dos de la tarde estudiando y decidimos dormir ya que nuestros cerebros no daban para más.
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Una detective llamada Scarlett (Relato Lésbico)

Cuando la detective llegó al lugar le costó un poco desalojar al grupo de curiosos que se amontonaban alrededor del cuerpo tirado en medio de la acera, despatarrado en un charco de sangre. Como en una serie televisión de los ochenta, un negro enorme con cara de pocos amigos fue tomando fotos y después cargaron el cuerpo en una camilla y una ambulancia se lo llevó. Mayra y yo subimos detrás de ella hasta la cuarta planta y nos quedamos paradas en el pasillo, frente a la puerta de la oficina con un cartelito que decía Robert Parker, abogado. La detective tanteó la puerta y, al ver que estaba cerrada, se volvió hacia nosotras dos.

—–“Quién tiene la llave?. Las manos temblorosas de Mayra rebuscaron en su cartera hasta dar con el llavero.
—–“Abre. ordenó la mujer.

Entraron ella y su ayudante, y solo entonces reparé en el porte distinguido, en la forma de andar segura y desenvuelta, en la elegancia natural de esa mujer que no tendría más de treinta y cinco años. Vestía un trajecito sastre de falda celeste y chaqueta del mismo color, mocasines sin tacos y un bolso de cuero que me pareció pasado de moda. Era blanca, de ojos pardos oscuros, nariz respingada y labios carnosos.
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Lencería erótica (Relato Lésbico)

Hola, me llamo Lorena, pero me dicen Lola. La historia que les voy a contar me pasó cuando tenía 19 años. Yo ya era una chica bastante linda, no por presumir, pero bueno, hay que decir la verdad. Soy morocha, mido 1,75, tengo los ojos verdes, piel bronceada, y a esa edad, mis medidas eran 92-60-90. Tenía unos pechos hermosos, bien redonditos, y mi cola estaba bien paradita.

Mi atracción por las mujeres empezó a los 15 años, cuando me empecé a dar cuenta que no sentía nada por los hombres, en cambio, cuando me juntaba con amigas en el cole, o entraba al vestuario del club, o solamente al ver a mi hermana en ropa interior, sentía como un cosquilleo dentro de mí y hasta a veces me llegaba a poner un poco caliente. Me gustaba mucho masturbarme viendo películas de lesbianas o revistas, y me encantaba espiar a mi hermana cuando se cambiaba.

Bueno, lo que me pasó a los 19 años fue lo siguiente. Ese día era el cumpleaños de mi prima, se llama Florencia. Ella tenía 23, 4 más que yo. Es muy linda, bueno para mí, ella tiene pelo negro, ojos café, mide más o menos como yo, tiene los pechos hermosos y una cola mucho mejor. Bueno, el cumple empezaba a la mañana pero yo me iba a quedar a dormir en su casa, como acostumbraba a hacer cada vez que iba. Cuando llegué a su casa, me abrió mi tía.

Entré y ella me dijo:
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Su lengua es una provocación (Relato Lésbico)

A mi siempre me ha gustado Ana, no lo podía remediar. Soy una lesbiana convencida, de las que no se andan con disimulos. Tampoco voy por ahí queriendo acariciar y comerme las tetas de la primera chica que se me pone por delante, ya que poseo la suficiente intuición para saber dónde se encuentran las amantes que me permitirán gozar durante una temporada más o menos larga.

Por otra parte, no soy muy amiga de mantener una relación muy larga. Ah, por cierto me llamo Silvia, tengo 24 años soy andaluza para mas señas, de Granada y tengo un cuerpo muy bien proporcionado.

Volviendo con Ana, os diré que nos conocimos en una fabrica de la localidad. Las dos teníamos 17 años, pero ella ofrecía en los vestuarios la visión de unas tetas, de unas caderas y de un pubis que me obligaban a masturbarme por todos los rincones. Gracias a que nadie conocía mis inclinaciones sexuales, en ocasiones me ofrecía a abotonarle la bata (las nuestras se abren y cierran por detras) o a ayudarle a ponerse el sujetador.

Creo que ella adivinó lo mucho que yo gozaba al percibir el temblor de mis dedos; además, no pude resistir el hecho de pedirle con mucha insistencia que me permitiese servirle de criada “para lo que me quisiera mandar”. Esto le llevó a sospechar, y comenzó a distanciarse de mí.
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En las montañas (Relato Lésbico)

El tren se detuvo como un gigantesco gusano fatigado y, antes de darme cuenta, me encontré bajo el alero de una vieja y desvencijada caseta que alguna vez fue una estación y que ahora estaba completamente abandonada, al menos esa fue la primera impresión que me dio al ver las puertas cerradas, los vidrios rotos y el cinc del techo lleno de agujeros. Un cartel de madera con una flecha negra indicaba el rumbo hacia donde quedaba el pueblo: Monteverde -> 3 km.

El camino pedregoso no dejaba ver nada que denotara una presencia humana. Alcancé a ver el tren que se alejaba hacia lo alto y repasé mentalmente las instrucciones de Angel, mi compañero del hospital que me habló tantas maravillas de esa zona. Debía caminar los tres kilómetros hasta llegar a un cruce de caminos, desde allí debía dirigirme hacia el grupo de casas que era imposible no divisar desde el camino, según él, siempre hacia el Norte.

Había una carretera por el lado sur, pero el acceso por ahí era más complicado, había que contratar un transporte especial que, según él, era demasiado caro. Mi reloj marcaba las once de la mañana.
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La temible directora general (Relato Lésbico)

Cuando acepté el cargo de asistente general que me ofrecieron en la cadena de supermercados esperaba que vendrían días difíciles, por las responsabilidades que tendría que asumir, pero jamás imaginé que todo se complicaría como sucedió finalmente. Era verano y mis amigas, las pocas que me quedaron cuando decidí salir del closet, se fueron de vacaciones y llegó un momento en que me sentía realmente sola. Mi madre se había ido a pasar unos meses con mi hermana en San Diego y salvo uno que otro encuentro esporádico con Kirsis, una chica que conocí en un bar de ambiente de la ciudad vieja y cuyo deporte favorito era pegarle cuernos a su pareja cuantas veces pudiera, no había en mi vida nada interesante.

La oficina en la que trabajábamos era amplia, estaba en un cuarto piso y ahí siempre hacía frío, porque el aire estaba puesto a mil y era imposible reducirlo porque el sistema informático necesitaba refrigeración. La directora general era una mujer rubia, hija de alemanes de Baviera, tenía títulos y posgrados como para llenar una pared, sus ojos eran de un azul intenso, nariz respingada y barbilla redondita, era alta y su andar elegante y su voz suave contrastaban con la dureza de su mirada y con la frialdad de su carácter. Demás está decir que la secretaria y todas las otras muchachas que trabajaban en la sección le tenían miedo.
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Mi hermana (Relato Lésbico)

Me llamo Paula, y soy de Santa Fe, provincia Argentina. En este relato les voy a contar una historia que me paso el mes pasado, y que me gustó tanto que tengo ganas de contárselas a todas.
Bueno, primero déjenme presentarme. Les cuento que vivo sola. Trabajo, soy modelo, y además tengo un negocio de ropa propio (ropa de mujer, obviamente). Soy lesbiana desde que tengo 17 años y me encanta serlo, pero todavía nadie de mi familia lo sabe. Tengo 22 años, y no es por ser soberbia ni nada de eso pero soy muy linda, por eso soy modelo. Soy rubia, con el pelo largo, hasta la cintura y lacio, mis ojos son bien celestes. Mido 1,78, soy delgada, tengo lindas piernas y un gran físico. Mis medidas son 94-61-91. tengo los pechos bien redonditos, medianos y paraditos, con unos hermosos pezones. Mi cola es bien redondita y muy parada, por lo menos es la parte que mas me gusta de mi cuerpo.

La historia que les voy a contar me sucedió el mes pasado. Resulta que los primeros días de noviembre me llamo mi madre. Ella me dijo que junto con mi padre se tenían que ir de viaje a EE.UU. y que si por dos semanas no podía tener en mi casa a mi hermana. Yo acepté, lógicamente, la noticia al principio no me había caído bien, porque pensé que tendría que cargar con mi hermanita (yo le digo así pero tiene 18 años), pero luego pensándolo bien acepte, porque hacia mucho que no estaba con ella, y dos semanas juntas vendrían muy bien.
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Angi (Relato Lésbico)

—–“Así que eres reportera de “Vergara mundi”?

Marcela, ahora conocida mundialmente como “Marchu” me ofreció delicadamente una taza de café vienes, mientras cruzaba sus hermosas piernas para que pudiera ver sus muslos, de sus labios carnosos se desprendió una ligera sonrisa de complicidad.

—–“Bueno, no exactamente-, conteste nerviosa, al instante de que sentía sus dedos acariciando los míos al tomar el plato de porcelana que me ofrecía.
—–“Soy estudiante y hago mi tesis apoyando a la editora de “Vergara”.
—–“Ah, supongo que has oído hablar de mi obra.
—–“Claro. Conteste rápidamente, ya que en este tema me sentía más segura. -Sus trabajos son excepcionales, aunque algunos críticos la califican de exagerada.
—–“Querida, eres muy joven- Marcela deslizó su mano por debajo de mi blusa y empezó a acariciar mis senos con la punta de sus uñas. –Hay tantas cosas por conocer- Supongo que conoces la obra de Vergonio.
—–“Si, claro, se le considera el iniciador de la doctrina.
—–“Vamos, niña, relájate un poco, dijo riendo Marcela- Vergonio no es mas que un cobarde que no se atrevió a descubrir al mundo…. Ciertas cosas.
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